No hemos sido educados, hemos sido condicionados.



En este momento todos nos identificamos con una cultura, religión, política, profesión y moda específicas, más o menos como el resto de nuestros vecinos. Pero, ¿cómo crees que veríamos la vida si hubiésemos nacido en un pueblo de Zimbabwe? Diferente, ¿no? Y entonces, ¿por qué nos aferramos a una identidad prestada, tan aleatoriamente asignada a nosotros? ¿Por qué no cuestionamos nuestro pensamiento con más frecuencia? Porque desde el día en que nacimos, nuestra mente ha sido condicionada para pensar y comportarse de acuerdo con las opiniones, valores y aspiraciones de nuestro entorno social y familiar. El idioma que hablamos, nuestra cultura o religión son cosas que no hemos elegido pero que nos han llegado por accidente, dependiendo del país y el vecindario en el que hemos nacido.


Los padres, a menos que se den cuenta de esto, repetirán frases y transmitirán a sus hijos las creencias que han recibido de sus propios padres. Además, tenemos la loquísima creencia de que nuestros hijos nos pertenecen. Después de todo, les hemos dado vida, por lo que los influenciamos para continuar nuestro trabajo, ellos deberán realizar o lograr aquello que no hayamos logrado nosotros.


Todos los niños, por otro lado, necesitan crecer y desarrollarse en función de su propio potencial. Y se les debe dar la posibilidad de hacerlo tanto como sea posible. Los niños no son un pedazo de barro al que debemos dar forma, sino más bien una semilla que debemos cuidar y abonar para que se desarrolle de la mejor manera posible.


El condicionamiento que nos dan los padres, la familia, los maestros y la sociedad; es un comportamiento que aprendemos para que vivir en sociedad sea posible. Cuando los niños se enfadan y reaccionamos, aprenden que su enfado nos hace enfadar a nosotros más, por lo que no les está permitido expresarse.

Érase una vez donde todos podíamos ser naturalmente nosotros mismos. Cuando queríamos reír, nos reíamos. Cuando queríamos llorar, llorábamos. Cuando estábamos enfadados, simplemente estábamos enfadados. Bailábamos, saltábamos y gritábamos de alegría. Vivíamos en la más pura inocencia, sin saber nada. Pero éramos muy pequeños y necesitábamos el amor de los demás, era nuestra única garantía de seguridad y supervivencia. Y el precio a pagar por ese amor fue que dejamos de crecer naturalmente, nos volvimos artificiales, antinaturales, serios... Finalmente creamos nuestra personalidad.

La palabra persona proviene del latín y era el nombre de las máscaras que los actores solían usar cuando actuaban. Por lo tanto, nuestra personalidad es solo una máscara que nos desconecta de nuestra individualidad, de ese lugar donde nos sentimos como en casa y conectados.


“Toda personalidad es falsa. Buena personalidad, mala personalidad, la personalidad de un pecador y la personalidad de un santo: todo es falso. Puedes usar una hermosa máscara o una máscara fea, no hay diferencia. Lo real es tu esencia". Osho

Y esa personalidad va creciendo con capas y capas que le añadimos según vamos creciendo hasta que, cuando se vuelve demasiado diferente de nuestra verdadera naturaleza puede manifestarse a través de conductas auto destructivas, adicciones o problemas de dependencia.


Además, aquel mundo que nos rodeaba cuando éramos niños era muy emocionante y queríamos "salir" y descubrir todo, así que aprendimos sobre todas las cosas, excepto nosotros mismos. Y en el proceso, olvidamos la capacidad innata de relajarnos en el no saber. El viaje de regreso a uno mismo no se enseña a los niños. La conexión con nuestro ser no se practica en las escuelas. Entonces nos convertimos en adultos heridos emocionalmente. Casi todos tenemos un niño herido dentro de nosotros. En psicología se habla de 5 las heridas de la infancia, y se dice que todos tenemos al menos una de estas heridas.


El niño necesita amor y es muy egoísta. Está celoso del afecto de los padres, pero si los padres no se aman, sufre aún más. Esto se debe a que un niño proviene del útero, un lugar donde todas sus necesidades se han cumplido de manera constante e inmediata sin que él tenga que pedir nada, es más ni siquiera tiene consciencia de necesitar. Así que seamos muy honestos: el amor exclusivo que el niño exige nunca puede ser satisfecho. Nuestra primera herida emocional se crea en el mismo momento en que nacemos y es inevitable que en la infancia ciertos acontecimientos nos marquen nuestro tierno mundo emocional.


Afortunadamente, existen diferentes técnicas para reconectarse con el niño sano dentro de nosotros, para liberarlo del condicionamiento recibido y curar sus heridas. La meditación nos permite reconocer nuestras heridas mientras permanecemos en un espacio que prácticamente no ha sido tocado por ellas. Una gran razón para actuar es que, si no somos conscientes de ese niño herido interno, si no viajamos hacia él para abrazarlo, le tendemos la mano y caminamos con él, ese niño o niña agarrará la mano de cualquier otra persona o situación. Esto puede desviarnos y llevarnos a lugares donde realmente no queremos ir. Con una pequeña promesa, con un pequeño gesto, ese niño desesperado y abandonado se aferrará a lo que sea.


Para ser dueño de tu vida, debes darte cuenta de la diferencia entre quién eres realmente y lo que crees que eres porque es lo que tus padres o maestros te dijeron que eres. Y los adultos que están en contacto con los niños deben conocer el efecto que conlleva la paternidad, cómo inconscientemente condicionamos y colocamos etiquetas en los niños, en los niños que crecerán para llenar esa etiqueta.

Cuando no dejas de criticar a tus hijos, ellos no dejan de amarte a ti, dejan de amarse a sí mismos.

La meditación diaria integrará esta nueva libertad en nuestra vida diaria, permitiendo mantener una vida más saludable y plena, viviendo la verdad de quienes somos en cada momento. Aquí en sociedad, sin tener que escapar para vivir aislado en las montañas.

De ahí por tanto, la elección de la píldora en la película Matrix, la píldora roja que nos hará conscientes y comenzará un trabajo que durará toda la vida, o la píldora azul que nos permitirá continuar viviendo en el sueño en el que todo le sucede. Se trata de elegir, elegir si queremos ser el piloto o el pasajero de nuestro avión (vida). Ser el líder conlleva una responsabilidad pero también mayor libertad y experiencias más intensas. Por el contrario, ser el pasajero puede ser más cómodo y relajado, incluso si nos perdemos experiencias maravillosas.


“Todos tenéis un pequeño pedazo de infancia adentro, todos hemos sido en algún momento niños guerreros o soñadores. Esta infancia se puede ocultar pero nunca se destruirá. Deja que ese pequeño espacio dentro de ti funcione y seréis guerreros de nuevo”. Osho
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